Discurso inaugural del Sínodo

Discurso inaugural del Sínodo

Que el Sínodo despierte nuestros corazones

El papa Francisco comenzó su discurso, para el inicio del Sínodo, dando gracias por la participación activa y fecunda tanto de los padres sinodales, como de los jóvenes presentes en el aula sinodal y los que estaban conectados siguiendo desde todos los puntos del mundo lo que ocurría en el aula sinodal.

El papa ha hecho hincapié en que el Sínodo es un tiempo para la participación. Es tiempo de participar en primer lugar con la escucha humilde y con el ejercicio del diálogo valiente y testimonial, llevando a cabo una crítica honesta y trasparente que tenga como finalidad construir.

Francisco ha invitado a los padres a abrirse a la novedad, a cambiar convicciones y posiciones, como signo de gran madurez humana y espiritual. “Muchos de vosotros habéis preparado ya vuestra intervención antes de venir, pero os invito a sentiros libres de considerar lo que habéis preparado como un borrador provisional abierto a las eventuales integraciones y modificaciones que el camino sinodal os podrá surgir a cada uno.”

El Sínodo, les ha recordado, es un ejercicio eclesial de discernimiento, donde “estamos llamados a ponernos en actitud de escuchar lo que el Espíritu nos sugiere, de maneras y en direcciones muchas veces imprevisibles”. Además es necesario huir de los prejuicios y estereotipos, tanto los jóvenes como los adultos tienen algo que aportar, novedad y sabiduría, impetuosidad y experiencia son necesaria para el dialogo en este Sínodo. El papa ha llamado a alejarse de la plaga del clericalismo, que no es otra cosa que el ver la vocación no como un servicio gratuito y generoso, sino, como un ministerio de poder donde se tienen todas las respuestas y donde el virus de la autosuficiencia invade y enferma la vida de la Iglesia.

El Sínodo es un Kairos, es tiempo de despertar los corazones y de mostrar al mundo el rostro joven de la Iglesia. De aquí las Iglesia no solo tiene que sacar un documento sino que debe hacer que los sueños germinen, que se suscite el don de la profecía y la visión, que florezcan nuevas esperanzas, se venden las heridas y que los jóvenes encuentren en el Evangelio la alegría la vida.

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