Los Misioneros de la Esperanza peregrinan a Santiago

Los Misioneros de la Esperanza peregrinan a Santiago

Bajo el lema “El camino de Dios para ti”, un grupo de 340 jóvenes Misioneros de la Esperanza y amigos (200 malagueños) han peregrinado a Santiago de Compostela, siguiendo el camino portugués, del 13 al 21 de agosto. Cada jornada han profundizado en la llamada del Señor a las diferentes vocaciones. Les ofrecemos el testimonio de Susana Ruiz, responsable provincial de la sección de jóvenes de MIES-Málaga.

La vida es un camino

Nuestros juveniles vendieron, para financiar la peregrinación al Camino de Santiago, una pulsera en la que se podía leer: “La vida es un camino”. Ahora que nuestra aventura ha terminado y que hemos llegado a la meta puedo decir que sí, que es así, que lo que se vive en el Camino de Santiago es como la vida y que la vida misma es como hacer el Camino.

Hace unas semanas me encontraba delante de mi maleta tratando de meter todo lo que pensaba que iba a necesitar. Pero, en esta maleta, no solo había cosas materiales, también iban mis ilusiones, mis miedos, mis renuncias y mis esperanzas.

Y, por supuesto, venían conmigo mis prejuicios, mis ideas preconcebidas y lo que había supuesto que iba a vivir… Pero si hay algo que caracteriza a nuestro Dios, es que es el Dios de las sorpresas, el que te tira por tierra lo que esperas, el que se manifiesta donde no imaginarías… el que lo hace todo nuevo.

Yo pensaba que en un pabellón con más de trescientas personas iba a ser imposible que no la liaran para dormer, pues me equivocaba.

Creía que había gente que no debía hacer el Camino porque por su forma física o su edad iba a ser imposible que terminaran… error.

Tenía claro que la comida, la falta de duchas o baños en algunos pabellones, la incomodidad… iban a generar protestas de todo tipo, otra vez error.

Pensaba que los jóvenes son blanditos, débiles… y que iban a tirar la toalla ante la primera ampolla o la más mínima lesion… gran equivocación.

He vivido una de las experiencias más intensas de mi vida y he tenido el privilegio de vivirlo de una forma que no esperaba. He pasado mucho tiempo detrás, en la cola y puedo asegurar que he sido testigo del amor, tan certero, tan palpable que casi se podía tocar. El Amor, sin duda, caminaba con nosotros.

He visto a los responsables adaptar su ritmo para caminar al lado de sus jóvenes. Quedándose atrás, parándose cuando estos lo necesitaban, animando, alentando. Llevando sus mochilas si el cansancio era muy grande. Dando agua si tenían sed o comida si tenían hambre: “Si tú te paras, yo me paro. No voy a dejarte solo. En tu andar yo camino contigo y me quedo a tu lado pase lo que pase”.  ¿Y no es esto exactamente lo que hacemos en nuestro apostolado? Tengo la imagen de los responsables caminando junto a sus jóvenes guardada en mi memoria y en mi corazón, porque esa imagen me recuerda cuál es nuestra vocación, a qué estamos llamados.

He visto muchísimos ejemplos de superación. De los jóvenes de edad y de los “jóvenes de espíritu”. Gente con los pies llenos de ampollas, con problemas musculares, con rodillas vendadas, con problemas de salud o de forma física. La suerte de ir atrás es que abarcas a todo el mundo y puedes emocionarte viendo a todas estas personas apretar los labios, agarrar fuerte el palo y mirar al frente: “voy a terminar esta etapa Susana, no voy a dejar de caminar” y a ti te parece imposible que puedan continuar, pero lo hacen. Y entonces solo queda decirles lo que he repetido muchas veces estos días. “No olvides esto nunca. No olvides de lo que eres capaz, lo fuerte que eres. Cuando lleguen los momentos difíciles en los que pienses que no puedes más, acuérdate de esto”.

He visto cómo muchos de los que solían quedarse atrás conseguían no descolgarse cuando caminaban en medio del gran grupo. Porque caminar en grupo te ayuda a mantener el ritmo, a no pararte, a no frenarte. El grupo te empuja, te anima, te lleva en volandas, ¿y no es esto lo que hacen nuestros centros, nuestras comunidades?

He visto a un sacerdote y al responsable de jóvenes quedarse siempre al final del todo. Ellos han acompañado al que no podía continuar, han acompañado en la debilidad, han hecho que nadie llegue el último porque ese lugar estaba reservado para ellos. Todos sabíamos que nunca nos quedaríamos solos porque ellos siempre estaban detrás. Nuestro responsable de jóvenes les dijo en Santiago que, cuando un joven conozca a un Misionero de la Esperanza podrá tener la certeza de que siempre caminará acompañado y nunca andará solo. He tatuado esa frase en mi corazón para no olvidarla jamás.

He escuchado muchas veces a los jóvenes que venían a curarse preguntar: ¿Podré caminar mañana? Porque querían andar. Yo podía aliviar algo, pero las heridas y lesiones seguirían ahí durante la etapa. Y es entonces cuando aparecen los responsables para caminar con ellos. Porque los jóvenes quieren caminar, quieren encontrarse con el Señor, pero muchos arrastran heridas y lesiones que los frenan y los limitan. Necesitan gente que camine con ellos y les recuerde que sí, que pueden, aunque el dolor esté presente en su andar. Necesitan gente que los lleven al Señor, nos necesitan a nosotros y después de lo vivido en este camino puedo decir que no importa la edad, la forma física o lo que pese la mochila que cada uno lleve, ¡todos podemos! ¡Los niños y los jóvenes nos esperan para que caminemos con ellos!

He visto a un grupo de personas que no hacían las etapas, pero que “caminaban” con nosotros de otra forma, porque su servicio ha hecho posible esta aventura. Y me ha sobrecogido su alegría, su entrega, sus detalles, sus atenciones. Ellos iban, como dice la canción de Chambao que muchos hemos utilizado en los equipos, “Abriendo bien los ojos, fijarme en los detalles, despertar mis sentidos…”. Y ese grupo de personas me ha recordado a los que no van directamente a los centros por sus circunstancias pero que, de distintas formas, apoyan, ayudan, rezan y hacen posible que otros estemos directamente con los niños y los jóvenes.

Y he visto a nada menos que cinco sacerdotes compartiendo andadura, pabellones, incomodidades, risas y lágrimas con los jóvenes… Qué testimonio tan grande el vuestro hermanos. Cuánto bien le ha hecho a todos ellos vuestra cercanía. Qué suerte la nuestra de teneros.

Y he visto el testimonio de las familias con sus hijos… porque cuando trabajamos con niños o con jóvenes lo hacemos con todo lo que somos y lo que tenemos. Lo que puede parecer una limitación es en realidad nuestra riqueza.

He visto y oído tanto, que solo me queda anunciarlo, como diría san Juan. Solo me queda seguir soñando. Solo me queda dar las gracias por esta maravillosa vocación que nos hace ser mensajeros de esperanza y “misericordia”.

Ahora solo me queda ponerme en camino…

Tengo el corazón lleno de agradecimiento por haber sido testigo de tanta gracia derramada.

¡Gracias Señor por todo y por tanto. Gracias Madre por ser nuestra Esperanza y nuestro Auxilio, gracias por caminar a nuestro lado y por hacerlo todo!

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