Homilía. VIGILIA DE LA INMACULADA
|

Homilía. VIGILIA DE LA INMACULADA

En el mundo se viven situaciones duras, situaciones muy duras, que no podemos olvidar, como las que acabamos de recorrer: la realidad de no pocas mujeres que sufren violencia (recordemos: dos mujeres asesinadas en menos de una semana en la provincia de Málaga; seis en lo que va de año); los sueños ahogados de muchos migrantes en este maravilloso mar Mediterráneo que nosotros tanto disfrutamos; la soledad y el sentimiento de inutilidad de tantas personas mayores; la desesperanza de tantos chicos y chicas que piensan que van a vivir peor que sus padres y abuelos. Estas y tantas otras realidades durísimas.

Quizá muchos piensen que para ser felices y para poder encontrarnos con Dios, hemos de alejarnos de estas situaciones. En cambio, la propuesta de Jesucristo pasa precisamente por aquí. El papa León nos lo ha recordado en su primera exhortación apostólica, Dilexi Te,: «No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico». El Santo Padre nos invita a reconocer las múltiples formas de pobreza: material, social, moral…; pobrezas de tantas personas que vienen de lejos, pobrezas que se encuentran muy cerca de nosotros, en nuestra propia familia, en nuestro grupo de amistades, en quienes estudian o trabajan a nuestro lado.

Nos acercamos, pues, a la realidad doliente del mundo por amor a las personas que más sufren y, porque, a través de ellas, Dios tiene mucho que enseñarnos, Dios nos salva. Dice el papa: «Crecidos en la extrema precariedad, aprendiendo a sobrevivir en medio de las condiciones más difíciles, confiando en Dios con la certeza de que nadie más los toma en serio, ayudándose mutuamente en los momentos más oscuros, los pobres han aprendido muchas cosas que conservan en el misterio de su corazón. Aquellos entre nosotros que no han experimentado situaciones similares, de una vida vivida en el límite, seguramente tienen mucho que recibir de esa fuente de sabiduría que constituye la experiencia de los pobres».

Nos acercamos a esta realidad de la mano de María. Ella vivió en un tiempo donde la injusticia y el sufrimiento de la gente estaban especialmente presentes. Acojamos con ella tres palabras del Evangelio que hemos proclamado.

Primera palabra: Alégrate.

La alegría cristiana no es ingenuidad ni evasión de los problemas. Es la certeza de que, incluso en medio de la injusticia y el dolor, Dios permanece cercano. María se alegró porque reconoció que su vida estaba sostenida por una promesa más grande que sus miedos.

  • Busca momentos de oración que te permitan experimentar la ternura de Dios.
  • Aprende a descubrir la belleza en lo pequeño: una sonrisa, un gesto de solidaridad, un instante de silencio.
  • La alegría se convierte en resistencia frente a la desesperanza, en un acto de confianza que contagia esperanza a los demás.

Segunda palabra: Confía.

El miedo paraliza, pero la confianza abre caminos. María recibió un anuncio que podía llenarla de incertidumbre, y, sin embargo, eligió confiar. La confianza no elimina las dificultades, pero transforma la manera de enfrentarlas. Quizá sea cierto, queridos chicos y chicas, que el mundo que habéis recibido es más oscuro que el que recibimos nosotros. Pero también es verdad que en la oscuridad se afinan los sentidos para desarrollar una nueva sabiduría y poder crecer, para volver a nuestra mirada en lo auténtico, para iniciar un tiempo nuevo…

Tercera palabra: Ofrécete

La disponibilidad es apertura radical a la voluntad de Dios. María no se limitó a escuchar, sino que se ofreció como instrumento: «Hágase en mí según tu palabra». Su “sí” cambió la historia.

  • Recuerda que la llamada de Dios no te quita nada. Es más, Dios ensancha tu libertad y tu alegría.
  • Sé consciente de que tus pequeños compromisos —un gesto de servicio, una palabra de aliento, una acción justa— tienen un valor inmenso cuando se multiplican por la gracia de Dios.
  • Comprometerse no significa resolverlo todo, sino estar dispuesto a ser parte de la respuesta que Dios quiere dar al mundo.

Con María y como María Inmaculada. Amén.

Mons. José Antonio Satué

Publicaciones Similares